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Estrés crónico y alimentación

El estrés es bastante común actualmente. Existen tres tipos principales: agudo, que se desata ante un acontecimiento breve; episódico agudo, cuando suceden acontecimientos agudos frecuentes, y crónico, que se presenta cuando se viven acontecimientos persistentes, por ejemplo, el desempleo, la precariedad económica, el abuso físico o mental, el consumo de drogas o los conflictos familiares irresolubles.

El estrés crónico puede afectar el uso que el cuerpo hace de las calorías y los nutrientes que ingerimos en los alimentos. Eleva las necesidades metabólicas del cuerpo y aumenta el uso y la excreción de muchos nutrientes. El estrés también crea una reacción en cadena de comportamientos, que pueden afectar negativamente los hábitos alimenticios, lo que puede conducir a problemas de salud en el futuro.

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El estrés supone una mayor demanda de oxígeno, energía y nutrientes, para que el cuerpo funcione adecuadamente. Las personas que sufren estrés crónico en ocasiones pueden desear alimentos reconfortantes, como panes dulces, antojitos muy grasosos o comidas ultra procesadas, con un alto contenido en grasas y calorías, pero pocos nutrientes.

De igual manera, quienes sufren de estrés pueden carecer de tiempo o motivación para preparar comidas nutritivas y equilibradas, o pueden saltarse comidas e incluso olvidarse de comer.

El estrés también puede alterar el sueño, haciéndolo más ligero, con despertares más frecuentes, lo que significa un descanso deficiente y fatiga durante el día. Para hacer frente a la fatiga diurna, algunas personas pueden recurrir a estimulantes para aumentar la energía, como la cafeína, los alimentos ricos en calorías e incluso drogas. También puede ocurrir lo contrario, que un sueño de mala calidad sea en sí mismo un factor de estrés.

Algunas investigaciones apuntan a que la restricción del sueño provoca un aumento significativo de los niveles de cortisol. Durante el estrés agudo la hormona adrenalina suprime el apetito, pero con el estrés crónico los niveles elevados de cortisol pueden causar antojos, en particular de alimentos con alto contenido de azúcar, grasa y calorías, lo que puede conducir a un aumento de peso.

Asimismo, el cortisol favorece la acumulación de grasa en la zona del vientre, también llamada grasa visceral, que se asocia con la resistencia a la insulina y con un mayor riesgo de diabetes tipo 2, enfermedades cardiovasculares y ciertos tipos de cáncer. También disminuye los niveles de la hormona leptina (que promueve la saciedad) mientras que aumenta la hormona grelina (que aumenta el apetito).

Todos estamos sujetos a cierta cantidad de estrés, que también tiene su lado positivo, ya que nos motiva a enfrentar las adversidades de la vida. Pero si el estrés está teniendo repercusiones en tu bienestar es importante buscar alternativas para su manejo.

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