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El estrés y la salud

El estrés es un problema común en la mayoría de las sociedades. Hay tres tipos principales de estrés que pueden presentarse en nuestra vida cotidiana. La mayoría de las personas pueden experimentar una combinación de estos tres tipos.

- Agudo: se desata ante un acontecimiento breve, como una discusión acalorada o un problema en el tráfico.

- Episódico agudo: cuando suceden acontecimientos agudos frecuentes, como los plazos de entrega en el trabajo o la inminencia del pago de alguna deuda.

- Crónico: lo experimentan quienes viven acontecimientos persistentes, como el desempleo por la pérdida del trabajo, el abuso físico o mental, el abuso de sustancias o los conflictos familiares.

Nuestro cuerpo reacciona a todos los tipos de estrés a través del mismo mecanismo; la respuesta de "lucha o huida". Entonces se liberan hormonas que provocan varias acciones en cuestión de segundos:

- Bombeo rápido de sangre y oxígeno a nuestras células

- Aceleración del ritmo cardiaco

- Aumento de la alerta mental

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En la prehistoria, y debido a nuestro proceso evolutivo, esta respuesta inmediata era necesaria para escapar rápidamente de una situación de peligro o luchar contra un depredador. Sin embargo, a pesar de que no solemos tener depredadores, y las situaciones de peligro no se presentan cotidianamente, cualquier tipo de estrés puede desencadenar esta respuesta.

Cuando tenemos estrés, una parte muy pequeña en la base del cerebro, llamada hipotálamo, pone en marcha la reacción y se comunica con el cuerpo a través del sistema nervioso autónomo (SNA). Este sistema regula respuestas involuntarias, como la presión arterial, el ritmo cardiaco, la respiración y la digestión. El SNA envía señales a los nervios y a la hormona corticotropina para alertar a las glándulas suprarrenales, situadas en la parte superior de cada riñón, para que liberen en la sangre una hormona llamada adrenalina.

La adrenalina (también conocida como epinefrina) acelera el ritmo cardiaco y aumenta la presión arterial, para que circule más sangre hacia los músculos y el corazón, y así contar con energía extra. El corazón, los pulmones y el cerebro disponen de más oxígeno en la sangre para poder respirar más rápido y estar más alertas. Incluso la visión y el oído pueden agudizarse.


Si el estrés continúa, las glándulas suprarrenales liberan otra hormona llamada cortisol, que estimula la liberación de glucosa en la sangre y aumenta el uso de glucosa en el cerebro para obtener energía. También desactiva ciertos sistemas del cuerpo, para permitir que el organismo se concentre en la respuesta al estrés. Estos sistemas incluyen la digestión, la reproducción y el crecimiento.

Estas hormonas no vuelven a los niveles normales hasta que pasa el estrés. Si el estrés no pasa, el sistema nervioso sigue desencadenando reacciones físicas que pueden acabar provocando inflamación y daños en las células.

En el caso del estrés agudo, el suceso es breve y los niveles hormonales vuelven gradualmente a la normalidad. El estrés episódico agudo y el crónico desencadenan repetidamente la respuesta de lucha o huida, provocando una elevación persistente de las hormonas, lo que conlleva un riesgo de problemas de salud.

Si vives sometido al estrés puedes estar poniendo tu salud en riesgo, por lo que es importante buscar alternativas saludables para gestionarlo y liberarte de él.

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