Viajar con la mente preparada y los sentidos abiertos.

Por Ruth Casas

En el transcurso de un año he tenido la oportunidad de viajar a Buenos Aires, La Habana, Bogotá y a algunas ciudades al interior de nuestro país, México. Siempre resulta interesante conocer otros lugares: su arquitectura, comida, historia, cultura y costumbres, pero sobre todo a su gente y la forma en que viven, así como la manera en que ven a nuestro país.

Viajar, ya sea por placer o por trabajo, siempre resulta enriquecedor, porque deja mucho en nuestros recuerdos, puede aportar grandes aprendizajes que alimentan nuestra experiencia de vida y nos permite valorar otras culturas. Pero para ello, es indispensable activar los cinco sentidos, porque un nuevo lugar nos contacta con olores y sabores diferentes, nos permite percibir el frío, el calor, la humedad, el viento o la brisa en la piel, escuchar diferentes acentos, melodías o nuevas palabras, y ver nuevos colores en la naturaleza y en las creaciones de los lugareños.

Desde mi punto de vista, observar y escuchar son fundamentales para comenzar la aventura que representa cualquier viaje, pero hay una tarea previa que considero muy importante: leer algo sobre la historia, la cultura y las costumbres de la ciudad, pueblo o país que se visitará, sobre todo cuando cruzamos fronteras, porque nos podemos enfrentar a situaciones incómodas o complicadas, como la moneda de cambio, el clima para el que no vamos preparados, los usos y costumbres en cuanto al tipo de alimentos, los horarios en que los sirven, las facilidades de transporte, etc.

Cuando el idioma no representa una barrera, es divertido –pero también de cuidado– ver el significado que tienen las palabras en los diferentes lugares de nuestro continente. Un ejemplo es la forma en que le llaman al café. Si en Argentina y Cuba podemos pedir un café, es posible que nos pregunten si largo, expreso o cortado, pero en cualquiera de estas modalidades será un “café negro”, es decir, sin leche. Pero si en Bogotá queremos un café negro, debemos pedir un “tinto”, porque si pedimos un café lo que nos darán es un café con leche. En cuanto a lo que en México conocemos como cajeta, si se quiere probar su símil en Colombia, habría que pedir arequipe, pero en Argentina es importante saber que lo llaman dulce de leche y tenerlo muy claro, porque para los argentinos la palabra cajeta es la forma vulgar para referirse a la vagina.

Buenos Aires

Mientras que en México transcurre el otoño, en Buenos Aires viven la primavera, acompañada de días lluviosos y un clima fresco, por lo tanto es una época agradable para visitar esa ciudad, porque su verano es francamente caluroso y húmedo.

A los habitantes de Buenos Aires se les conoce como porteños. Son gente muy agradable, atenta con los turistas, son platicadores y dos temas que les entusiasman son el fútbol y la política, algo de lo que te das cuenta desde que tomas un taxi en el aeropuerto, pues en cuanto saben que eres mexicano, te dan el resultado de los partidos importantes de la liguilla o la pretemporada, o bien, te hacen una reseña de los problemas que enfrentamos en torno a los derechos humanos o la corrupción.

La arquitectura de la ciudad remite a ciudades europeas como Madrid, Roma o París en algunas zonas; sus cafecitos de banqueta y sus restaurantes, sus parques y los espectáculos nocturnos de Tangos son imperdibles, al igual que las visitas a sus estadios de fútbol.

Sin duda un personaje central en la historia de Argentina, y sobre quien se habla con pasión, es Evita Perón, incluso existe un restaurante llamado “Perón Perón” en el barrio Palermo.

El lugar ofrece estupenda comida y vinos de primera calidad, los que saben mejor cuando los comensales integran a la comida interesantes reflexiones y acaloradas discusiones en torno al peronismo y la política actual.

Si llegan a ir a Buenos Aires, no dejen de cruzar el Río de la Plata e ir a Colonia, un pequeño pueblo uruguayo que se encuentra al otro lado del río, un lugar pintoresco que se camina en unas horas, y ofrece estupendos paisajes, además de una rica comida y lindas artesanías.

La Habana

Hablar de La Habana es hablar de política, sentimientos encontrados, música, comida, gente cálida, pobreza, arquitectura, historia, santería, mojitos y mucho calor.

La vieja Habana evoca la nostalgia de la grandeza y el lujo que se vivía en esa ciudad antes de la Revolución. Sus edificios coloniales, en ruinas, contrastan con la música alegre, los viejos taxis coloridos –estupendas condiciones–, y los turistas que no esperan a la noche para bailar y tomarse un mojito o una cerveza en las terrazas de hoteles y restaurantes, porque la música cubana despierta alegría y sensualidad.

Efectivamente, los cubanos carecen de muchos bienes que resultan indispensables para la economía de consumo en que vivimos en el continente, por lo tanto, chicles, pasta de dientes, jabones de tocador y rastrillos, son recibidos con gran aprecio por cualquier cubano. Sin embargo, aunque valoran este tipo de regalos, también están conscientes de que no se añora lo que no se conoce, y saben que dentro de sus carencias, no son esclavos del consumismo aterrador que se vive fuera de la isla.

El nivel de educación de la mayoría de los habitantes de La Habana es de llamar la atención, así como su afán por servir al turismo, lo que hace que se olvide a ratos el mal estado de las toallas y sábanas, o la poca eficiencia del aire acondicionado en las habitaciones de los hoteles.

Algunas personas que viajan a la isla, de pronto experimentan dolor y pena por sus habitantes, pero otros nos vemos en la necesidad de reconocer que en México existen comunidades que viven el mismo nivel de pobreza que en Cuba, lo que nos lleva a reflexionar y a dejar de hacer invisible lo que no queremos ver en nuestra tierra y nos confronta.

Bogota

La capital de Colombia se encuentra al norte del país, tiene una altura respecto al nivel del mar similar a la de la Ciudad de México, es fresca y lluviosa, lo que obliga a cargar en todo momento un paraguas. Es una ciudad con mucho movimiento, cafecitos por todos lados, pocos edificios de gran altura, muchas construcciones con exteriores cubiertos de tabique y un centro histórico con construcciones bajas, techos de dos aguas, y balcones de madera.

El maíz y las papas son parte de su alimentación diaria, y forman parte de la comida tradicional de la región. Las arepas, el ajiaco, el arequipe, la panela –piloncillo–, el queso fresco, el café y las aromáticas, son sencillas y deliciosas comidas y bebidas con las que se encuentra el turista desde su primer día en Bogotá.

Su gente es amable y servicial, alegre, pero poco platicadora en torno a lo que viven a nivel político, porque la guerra, que está por terminar, y el narco, les duelen y no son temas de los que les guste hablar. Sin embargo, se sienten orgullosos de su ciudad, y desde que uno llega, los lugareños dicen qué lugares hay que visitar, sus horarios y los cuidados que se debe tener al caminar por las calles, no sólo por motivos de seguridad, sino también por la nomenclatura que usan, pues predominan los números, y, dependiendo de su orientación con respecto a las montañas que protegen a la ciudad, a las calles se les llama carreras.

Ciudad de México

En las tres ciudades de las que he hablado, la recepción que tenemos los mexicanos es excepcional y muestran aprecio por nuestra cultura, por la música y la comida. En Bogotá el Chavo del 8, las telenovelas mexicanas son emblemáticos; en La Habana, Juan Gabriel, los mariachis; y en Buenos Aires nuestras playas, los tacos y los futbolistas de nivel mundial. Pero incluso, en La Habana, están enterados de lo que sucede en el México real, y no dejan de preguntarnos por la violación a los derechos humanos, por la corrupción, los 43, las fugas del Chapo y la falta de voluntad política a favor del pueblo por parte de nuestros gobernantes.

Como podemos ver, a pesar de formar parte de un mundo globalizado, y ser parte de un mismo continente, cada país es único e irrepetible, dueño de una historia y cultura propias, de una belleza natural que sorprende a propios y extraños, de gente buena que hace agradable la estancia en su tierra, de comida y música que dan identidad.

Pero no sólo lo bueno caracteriza a un país, también destacan sus problemas sociales, económicos y políticos, algo que no podemos negar cuando lo vemos desde afuera, lo que debería llevarnos a reflexionar sobre lo mucho que tenemos que hacer como mexicanos para mejorar, en la medida de nuestras posibilidades, nuestro entorno, a partir del trabajo y la participación social, lo que ayudará a fortalecer nuestra identidad como nación y a poder conservar nuestro patrimonio natural y cultural, y así, poder ofrecer un México mejor a nosotros mismos y a todos los que nos visitan.

 

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