Una mirada a la infidelidad.

Psicoterapeuta Blanca Almeida

www.blancaalmeida.com

Ayer descubrí la infidelidad de mi pareja. Todo empezó con un sutil malestar interior –algo está pasando ¿qué es?–. Volteaba a mi alrededor para revisar y no encontraba nada fuera de lugar. La misma casa, los mismos gestos, las mismas actividades, las mismas preguntas, todo igual. Sin embargo, la voz interior con un constante mensaje –algo no está bien– me alertó. Fue entonces cuando noté esos pequeños cambios en mi pareja. Ponía más cuidado en su arreglo personal e incluyó colores diferentes. Notaba que ahora usaba colores de moda, el estilo tradicional fue desapareciendo. El corte de pelo de años lo modificó. Lo cambió por algo más juvenil. Mi pareja se iba quitando años en su aspecto.

Empecé a mirarme en el espejo y me desconocí. Esa mujer, esa imagen en el espejo, ¿quién era? Me percaté que había perdido la figura al aumentar tanto de peso. Mi cabello y piel sin vida. Dejada de la mano de Dios. Yo, una mujer que juré nunca descuidar mi apariencia. Yo, una mujer orgullosa y valiosa. ¿En qué momento traicioné dicho juramento?

Mi pareja estaba despertando a la vida por alguna razón desconocida para mí. Su despertar hizo notar mi apatía ante la vida. De pronto él estaba alegre y cantaba en la regadera, y yo literalmente me arrastraba de la cama para bañarme. En mis sueños él volaba y yo quedaba estancada en el lodo.

No lograba recordar cuándo habíamos tenido relaciones sexuales.

Por qué ahora lo preguntaba, si en realidad no era importante. Estábamos juntos, nos llevábamos bien, cumplíamos y organizábamos las responsabilidades. Los gritos y faltas de respeto eran inexistentes.

Y la voz insistía –algo no está bien–. Ante tanta insistencia, puse de lado el aletargamiento generalizado de años y activé la curiosidad para centrarme en las acciones de mi pareja.

Me percaté de sus canas ¿cuándo aparecieron?

Disfruté nuevamente de su andar ligero, el cual me cautivó cuando lo conocí. En ese entonces describía a mi novio como “el muchacho que caminaba bailando”.

Noté que él siempre estaba en el celular. Sonreía de una forma juguetona al contestar mensajes.

Y yo, ¿desde cuándo no sonreía plenamente?, dónde estaba mi jugueteo con la vida, mi gozo por la vida, sentirme viva, me percibí vieja.

Empezó a llegar tarde del trabajo, las juntas y los pendientes parecían acumularse como nunca.

Él seguía siendo amable, complaciente, pero su atención era dispersa. Lo sentía ausente, sus preguntas eran automáticas, sin emoción.

Dejó de mirarme a los ojos cuando hablaba de su carga de trabajo.

Y la voz resonaba más fuerte en mi cabeza –algo no está bien–.

Desde un principio decidimos no tener hijos, para dedicarnos tiempo completo a nuestro amor.

Nuestro amor, antes tan vívido, certero, mi corazón latía ante su presencia. ¿Qué nos pasó? ¿Qué me pasó? ¿En quién me convertí? ¿Cuándo se instaló la indiferencia?

Desde cuándo habíamos dejado escapar los sueños, los objetivos, la frescura, las carcajadas y el agradecimiento por la dicha se fueron.

Lloraba sin cesar ante la pérdida.

Al día siguiente mi pareja estaba en la regadera, sonó su celular, contesté, y escuché la voz de una mujer –buenos días amor–.

Todo comienzo amoroso es hermoso. La sonrisa en cada momento junto a la pareja. El palpitar del corazón al solo pensar en el siguiente encuentro. Sin embargo, con el paso del tiempo las parejas se transforman, dejando de construir, admirar y amar. ¿Qué sucede? ¿Cómo llegan incluso a la destrucción?

El libro Amor mío, amor mío, ¿qué nos pasó?, brinda, a través de historias reales de mujeres, explicaciones sobre los diferentes cambios de actitudes, expectativas, visiones de vida y suposiciones, que terminan poco a poco con aquellas parejas de ensueño. La Dra. Blanca Almeida explica con claridad, después de cada historia, qué debemos notar y ajustar durante la relación para seguir suspirando el uno por el otro.

Búscalo en: www.blancaalmeida.com

Top