Tristeza en el parque Tropiezos.

Psicoterapeuta Blanca Almeida

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Alicia constantemente mantenía diálogos internos infinitos. Dada su corta adolescentica edad, los meollos a resolver eran de dos índoles, amorosos o sociales. La escuela, lugar al que tenía que asistir forzosamente todas las mañanas, era sólo el contexto dentro del cual transcurrían los encuentros y desencuentros amorosos y/o sociales.

Sus padres, ejecutivos modernos, nunca estaban en casa, forzando a Alicia a entretenerse dialogando y disertando unilateralmente. Sus conclusiones, alejadas de una realidad, rayaban en lo absurdo.

Alicia encontró un tercer meollo a resolver, al escuchar la tarea asignada por la maestra Cucú, apodo originario de la semejanza de dicha maestra con un reloj Cucú de fina maquinaria, por su precisión al hablar y la exactitud de comienzo y final de la clase, descrita así:

-Formarán equipos de tres personas, no pueden ser amigos, irán a un parque, observarán a tres personas tristes e intentarán explicar por escrito la causa de su desaliento. Las personas tendrán tristezas distintas, no pueden repetir ni copiarlas.

-Concluyó: “El trabajo será calificado con un alto nivel de exigencia, la creatividad y veracidad de las historias podrán sumar puntos a su calificación final de la materia”.

La maestra Cucú impartía la materia denominada Despierta tu imaginación 1.

Alicia verdaderamente encontraba fascinante la tarea asignada. El problema radicaba en que su equipo estaba formado por Raúl y Berenice.

Raúl, al cual nunca había visto hasta que la maestra mencionó su nombre. Volteó a verlo por primera vez, un chico bajo, casi rayando a enano, probablemente aún usaba talla de niño, ojos casi nulos e inusualmente cercanos a los oídos; su madre habría querido unir vista y audición en un solo espacio dentro de la cara.

Berenice, a ella sí la recordaba, pues el año pasado compartieron bancas. Berenice gustaba ser llamada Verny, los nombres largos le resultaban fastidiosos, y una pérdida de tiempo en su pronunciación. Verny, una chica en controversia entre la libertad y la compañía como forma de vida.

Ellos dos, con Alicia, una pseudo-mujer o niña en proceso de desarrollo, esperando llegar a un buen volumen físico, pues había escuchado a su madre comentar que las mujeres dotadas conseguían empleo fácilmente.

Ahora era necesario acordar qué parque visitarían y el horario.

Raúl, Verny y Alicia se reunieron durante el recreo, en el patio central del colegio. El colegio contaba con varios patios, uno con juegos infantiles para los chicos de preescolar; otro a un costado de la tienda de víveres, patio popular pues los niños siempre tienen hambre y, al sonar la campana que indica el inicio del recreo, salen corriendo en estampida como huérfanos de hospicio hacia la tienda, y un patio central, el cual acababan de remodelar plantando árboles donados por la delegación como parte del programa ambientalista pro verde, donde las bancas pasaron de ser color café al verde, y hasta las paredes que delimitaban el espacio mostraban arcoíris de tonos verdes.

Ahí, en ese verdoso entorno, concordaron visitar el siguiente sábado el parque Tropiezos, a medio día.

Alicia pensó llevar provisiones alimenticias, pues éstas brindan la energía necesaria para soportar el sol, encausar sin pesar las caminatas, focalizar la atención y ayudar en el desarrollo de empatía entre seres diferentes, unidos por causas ajenas a su voluntad.

Alicia, de naturaleza curiosa, leyó que el parque Tropiezos fue diseñado por un famoso paisajista, que encontró un espacio pedregoso con dunas de arena en la parte central. Un reto converger la piedra con la arena, dando solución al crear un parque con colinas pedregosas rodeadas de arena, la cual pintó de rosa. Al paso del tiempo, tomó el nombre de Tropiezos, pues sus visitantes imaginaron las colinas como tropiezos de la vida, montañas a subir para luego llegar a descansar sobre la arena.

El parque cuenta con grandes bocinas que emiten 24 horas sonidos del mar, rompimiento de olas, mar en calma y turbulencia del mar al anochecer, incluso despiden el sonido particular del mar cuando hay luna llena.

Llegaron cada uno por su lado, casualmente venían vestidos en tonos azules. Alicia comentó que el color azul transmite paz y calma. Dicho color es ideal para acercarse a personas tristes, pues no representarán peligro, sino tranquilidad, Raúl y Verny coincidieron.

Cada uno elegiría a su persona triste, Verny fue la primera en ir en su búsqueda, mientras Alicia y Raúl se sentaron en una de las dunas escuchando los sonidos del mar.

Verny había imaginado a su persona incompleta, la historia la había formulado durante la noche, gracias a su constante insomnio, sólo faltaba a quién designársela. Pronto tropezó en el parque Tropiezos con una mujer alta, erguida, un tanto tiesa, vestida a la moda, mujer distinguida. Sin embargo, fue su caminar lo que delató la tristeza que Verny buscaba pegar a un cuerpo. Sus hombros empujados hacia adelante cargaban excesos de llanto, preocupación y pesadumbre. La llamaría Carlota, como la reina de antaño, su historia…

Carlota reina de un pedazo de tierra dentro del Distrito Federal, para no confundir, reina de la delegación Iztapalapa, nunca encontró el amor verdadero. Excelente amante de delegados dueños de otras porciones del Distrito Federal, visualizaba los amoríos como parte del designio de ser reina. Las reinas cumplen obligaciones por amor y sostenimiento del cargo. Su tristeza era sinónimo de desánimo, pues remaba contracorriente sin un hombre fuerte a su lado. Ser mujer independiente es una posición solitaria, y ella hoy quiere compartir su carga y beneficios con otro ser. Suspira cada mañana, luego llega el llanto por ese amor no pronunciado en su vida.

Verny regresó con sus compañeros de equipo satisfecha con el resultado de la búsqueda, mantendría la historia en secreto hasta compartirla por escrito con la maestra Cucú.

Alicia se levantó perezosamente de las dunas, dio una mordida al sándwich de atún y emprendió el camino cuesta arriba, del lado contrario al camino tomado por Verny. Otro camino, otra tristeza.

Anduvo por diez minutos, el lugar estaba desolado, ¿sería la falta de sol que aleja a los visitantes?, se preguntó. Las nubes pronto cerrarían el cielo, un chubasco se avecinaba. La ventaja de la lluvia es que arroja a las personas desoladas a salir y enjuagan las lágrimas con las gotas de lluvia. De pronto, divisó a un niño blanco como las nubes abrazando un árbol. Sus pequeños brazos cortos no alcanzaban a rodearlo, era el árbol quien sostenía al infante. El pequeño sollozaba como un minino, un animalito en necesidad de ayuda. Alicia se acercó curiosamente y preguntó: “¿Por qué lloras?”. El niño, sumido en este estado crítico, no la escuchó, ella alzó la voz dos rayitas, preguntó un tanto impaciente: “¿Qué te pasa?”. Creo que el niño es sordo, pensó. Decidió sacudirlo, jalando de la playera roja para llamar su atención. Dio resultado, el minino sobresaltado salió del trance y furiosamente la empujó.

Alicia lo empujó de regreso, –minino alterado– pensó. El niño asustado le sacó la lengua y corrió tan veloz como un tigre. El minino llora cuando nadie lo ve, al ser sorprendido reprime la tristeza para convertirse en un tigre que muestra la valentía necesaria para sobrevivir. Defender al ser es primero, la tristeza después.

Listo, ya tenía su historia. Se reunió con el equipo. Raúl sabía que era su turno. No era necesario salir a buscar una historia de tristeza, cuando dicha emoción habitaba, desde hacía años, en su madre. Su semblante apagado, los ojos sin brillo, lo más desalentador era que ella siempre decía ser feliz. ¿Cómo se cura la tristeza?, interrogante que le gustaría resolver. Decidió buscar una persona feliz que diera luz a la infelicidad de su mamá. Al ser tan corto de estatura la gente pensaba que era un niño aún. A sus 15 años le resultaba un insulto. Sabía que sus posibilidades de crecimiento eran limitadas, pues sus padres apenas alcanzaban un metro cincuenta.

En casa, la estatura era compensada con grandes ideas tomadas de libros leídos por aquí y por allá. Ideas grandes en cuerpos pequeños. Divisó a una anciana sentada en una banca, las ancianas son sabias, pensó. Ella se resguardaba de la lluvia debajo de un gran paraguas, cuyo toldo tenía grandes letras verdes anunciando una tienda departamental.

Se aproximó tímidamente, pidió permiso para sentarse. La anciana accedió con un movimiento sutil de cabeza. Raúl decidió formular la pregunta sin mayor preámbulo –disculpe señora– ¿Usted me puede decir cuál es la fórmula para aliviar la tristeza?

La anciana miró al suelo, balanceó los pies hacia adelante y lentamente hacia atrás, varias veces. “Mmmmm” contestó. Posteriormente soltó el paraguas, se levantó, tomó de las manos a Raúl y le dijo “corramos”. Raúl se dejó llevar, y bajo la lluvia comenzaron a correr despacio, cuesta arriba. Al estar en la cima de la pequeña colina la anciana dijo enfáticamente: “Aquí estamos arriba, mira como vemos el todo, nuestra visión es amplia”.

Nuevamente empezó a correr despacio, ahora cuesta abajo, la anciana apretaba con fuerza la mano de Raúl. Al llegar abajo, ella dijo suavemente: “Aquí estamos abajo, no vemos el todo, sólo una parte, la visión se reduce”.

“Niño que no eres niño”, continuó: “Cuando estás abajo corre hacia arriba, ahí es mejor, ves el todo”. La anciana sonrió, tomó el paraguas, dio un brinco y se fue.

Fue así como en la búsqueda de personas tristes, que Alicia, Raúl y Verny encontraron respuestas a sus interrogantes personales. A veces, las tareas asignadas son justo lo que necesitamos para entender y resolver.

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