Por qué decidí no volver a hacer dieta jamás.

Por Karina Zavaleta

Sábado en la noche después de una semana pesada. Lo único que quiero es tirarme en la cama y comer pizza, justo es lo que acabo de hacer. Hace dos años eso hubiera sido una aberración, mi nutrióloga me había restringido los carbohidratos, sobre todo justo antes de dormir.

Era una época en la que hacía ejercicio como si no hubiera un mañana, y pues ya que andaba en eso empecé a seguir una dieta extremadamente estricta: nada de azúcares ni carbohidratos, solo proteína y verduras, ah, y no todas, porque muchas de ellas tienen mucha glucosa. ¿Mi motivación? Quería empezar una vida fitness… sólo me duró un mes.

Mi relación con la comida ha sido extraña desde niña. Nunca fui melindrosa, y rara vez mi mamá y mi abuela batallaban conmigo para que comiera, siempre he sido de buen diente. Pero comer ha sido también una fuga, mala, pero fuga al fin de mi ansiedad. Sí, en mis peores épocas, cuando me sentía muy estresada o agobiada, o preocupada, o con cualquier sentimiento que perturbara mi tranquilidad, podía comer en unos cuantos minutos todo lo que se me cruzara: pan, dulces, helado, TODO.

Después del episodio “no sabía que a mi estómago le cupiera tanto”, naturalmente la causa de mi estrés seguía ahí donde la había dejado, intacta, lista para verme caer otra vez. Sin mencionar que ahora se le añadía un enorme sentimiento de culpa y un bajón anímico por tanta azúcar. Pasando las semanas venían las subidas de peso, entonces volvía a comer “sanamente” hasta que mi ansiedad me hiciera desafiar el tamaño de mi estómago otra vez.

Y así desde la adolescencia, he sido de esas personas que suben y bajan de peso cada dos semanas, por lo que hacer dietas fallidas era, hasta hace poco, algo común en mi vida. Incluso la última, que fue bajo supervisión profesional, fue todo un fracaso. La padecí muchísimo, para empezar porque había que preparar cinco comidas al día y odio cocinar, pero lo peor fue tener que renunciar a todo lo que hay alrededor de los rituales de la comida: las reuniones con la chelita y la bolsa de frituras, el plan esporádico de ir por tacos con los amigos, la cenita romántica con fondue y vinito, el pastel de cumpleaños en la oficina… pero lo que más me dolió fue tener que decirle adiós al reglamentario y tradicional heladito de domingo.

Después de un mes de tortura, los resultados fueron bastante buenos, y la nutrióloga me dijo que ya me podía relajar un poquito, pero solo un poquito… ya se podrán imaginar. “¿Por qué me hice esto?”, me recriminaba mientras corría a la primera heladería que se me cruzara. Dos meses después recuperé mi peso… más dos kilos.

Después de darle muchas vueltas, me di cuenta de lo obvio. Esto no me funciona porque no es real para mí. Conste que sí me gusta comer bien, como verduritas hervidas, carne a la plancha, tomo jugos de apio con nopal y demás, pero también amo las garnachas y las bombas de azúcar. Karina no es Karina sin helados ni pizza, así de fácil…

De hecho, asumirlo así me ha servido para dejar de volcar mi ansiedad hacia la comida, pues le quité el peso de la prohibición y más bien le di un lugar en mis momentos de relajación y de estar con los míos. Estoy aprendiendo a cuidar mi cuerpo, no para cambiarlo, sino porque lo amo, así como es. Y justo por eso ya no estoy dispuesta a seguir con las decepciones de las subidas de peso, ni tampoco me volveré a privar del contacto humano que trae consigo la frase: “Nos vemos para comer”. Entendí que, si tengo que poner más del 80% de mi energía, tanto física como emocional para mantener un peso, definitivamente estoy atentando contra lo que soy.

 

 

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