Natación y batería.

Por Pili Pérez Motta

Soy un bicho de agua. Siempre me gustó chapotear, pero por circunstancias de la vida nunca aprendí a nadar formalmente. Cuando ya casada y con hijos mi marido propuso que nos inscribiéramos a un club, yo al principio subía al gimnasio porque me daba penita bajar a la alberca sin saber nadar. Un día decidí que a mí lo que más me gusta es el agua, me propuse vencer la vergüenza de aprender a nadar a los 40 años y me metí a clases para adultos. Desde entonces, nado prácticamente todos los días y me siento increíblemente afortunada de poder hacerlo. Después de poco tiempo, el coach del Equipo Master me invitó a entrenar con él, al principio yo no quería porque implicaba participar en competencias, y a mí no me gustaba eso de competir (por lo menos eso creía entonces).

Un día hicieron una segunda alberca en mi club, dijeron que mandarían a todos los que tomaban clases para allá y que en la primera alberca sólo quedaría el equipo y los que practicaran nado libre. Como la segunda alberca queda más lejos del vapor y el sauna (hay que literalmente salir a la intemperie para llegar) pues me metí al equipo para poder seguir nadando en la misma alberca, pero con instructor y no quedar lejos del vapor… poderosísima razón. Y así empezó la pasión por dar mi mejor esfuerzo para bajar tiempos en las metas que me voy trazando.

El amor por la música también es antiguo, crecí con una mamá que cantaba todo el tiempo y con dos hermanos que vivían oyendo música, aprendí a escuchar la música de uno y del otro, y toda me gustaba mucho. Tenía algo de facilidad para la música, desde chica cuando iba de invitada a casa de alguna amiga que tocaba el piano, al final del día yo ya me sabía alguna pieza pequeña que mi amiga me había enseñado. Cuando tenía como 15 años se puso de moda la música country, y la correspondiente vestimenta, así que empecé a ahorrar para comprarme unas botas vaqueras. Cuando por fin tuve el dinero, ya no estaban de moda, así que me compré una guitarra y empecé a tomar clases; de hecho, mi primer sueldo lo gané al tocar la guitarra y cantar, con mi profesora y su hermana, en la misa y recepción de una primera comunión. Hace como dos años empecé a tomar clases de piano, que siempre fue uno de mis sueños. La batería siempre me encantó, pero toda la vida pensé que era un instrumento imposible de tocar y de comprar. Hace casi un año (a los 46), mi marido me generó la inquietud de aprender a tocar la batería… En el mismísimo momento me dije: “ya me vi…”, total ya había comprobado con la natación que nunca es tarde para aprender algo, y siempre hay tiempo de hacer las cosas que nos gustan cuando uno lo procura. Con el consejo de un amigo, que es veterinario de profesión y baterista de corazón, compré una batería usada y empecé a tomar clases.

Aquí trataré, con la ayuda de mi coach y de mi profesor de batería, de hacer un pequeño recuento de los puntos donde, en mi opinión, se encuentran las dos. La idea de hacer una comparación entre las dos surgió sobre la marcha, conforme veía lo mucho que podían parecerse dos disciplinas que, de entrada, parecerían no tener nada en común. ¿Por qué esas dos y no otras? Pues porque las dos me provocan inmenso placer, las dos significan un reto grande, pero hermoso, y soy el ser más afortunado del planeta de poder practicarlas todos los días.

  • En las dos es imprescindible tener una base de técnica para alcanzar primero cierta fluidez, y después cierta velocidad.
  • Antes de practicar cualquiera de las dos hay que hacer un estiramiento de los músculos en cuestión, para evitar lesiones. Me estoy enterando de que los músicos “de alto rendimiento” también se pueden lastimar.
  • Tanto en la natación como en la batería se utilizan las cuatro extremidades y, por supuesto, el cerebro y el corazón.
  • Después de estirar los músculos, la práctica comienza con un tiempo dedicado a ejercicios de calentamiento o afloje. También tienen las dos su parte mental, su momento en el que te tienes que enfocar y visualizar en lo que vas a hacer, ya sea en el agua o con el instrumento.
  • En las dos el tempo es fundamental; ya sea el número de golpes por minuto (strokes en inglés) o brazadas por minutos (en inglés también strokes; y aquí matamos dos pájaros de un tiro en el tema de las similitudes).
  • En ambas es recomendable estar bajo la supervisión de un experto que revise tu técnica y desempeño. Esto aplica más en la natación; al parecer hay maravillosos bateristas autodidactas.
  • También es una buena idea tener a un ortopedista y terapeuta experto, ya sea en lesiones deportivas o musicales, que te atienda en caso de que te lastimes en el camino.
  • La forma en la que practicas la batería será la forma en la que, en su momento, ejecutes. En la natación es igual, así como nades en el entrenamiento nadarás en la competencia, por eso es tan importante que el objetivo sea hacerlo perfecto en la práctica. Recordemos que nuestro cuerpo tiene una memoria muscular que puede actuar a nuestro favor o en nuestra contra, dependiendo de cómo la hayamos programado.
  • La mejor manera de mejorar es ponerse a uno mismo como objeto constante de autocrítica; una de las mejores maneras de hacerlo es grabarse en la práctica, ejecución o competencia.
  • Ser bueno en cualquier disciplina requiere mucho tiempo, práctica y paciencia; Roma no se hizo en un día.
  • Siempre es bueno ver videos de nuestros bateristas o nadadores favoritos, como fuente de inspiración y aprendizaje.

Hay una tendencia natural a menospreciar el estilo de nado que no nos gusta o que no nos sale bien (o que no nos gusta porque no nos sale bien), así como a discriminar de alguna manera los estilos de música que no conocemos o que no nos gustan (yo soy la primera en hacerlo), pero en el camino he aprendido a ser menos ignorante y estar más abierta a aprender los tipos de música que no me encantan, a practicar más lo que menos me sale (consejo de mi profesor de batería) y, en el agua, a tratar de mejorar todos los estilos, hasta el que me da más flojera nadar.

Tenemos que ser alumnos perpetuos, todos los músicos que conozco llevan años estudiando y siguen haciéndolo. Tengo la suerte de compartir alberca con un ex-nadador olímpico que a la fecha sigue atendiendo con gusto los consejos de nuestro entrenador. El aprendizaje nunca termina.

Y, para terminar, otro consejo de mi profesor de batería que aplica a las dos disciplinas: “no hay que practicar hasta que te salga bien, sino hasta que no haya posibilidad de que te salga mal.”

P.D. Infinitos agradecimientos a mi coach, Raúl López Hernández, y a mi profesor de batería, Mauricio López Araiza, por su paciencia y generosidad al compartir sus conocimientos. Es un gusto ser su alumna.

La autora además de atleta y baterista es una luchadora incansable y portadora de una sonrisa perpetua.

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