Mi vida en México

Enrique Cortés de Abajo

Fragmento, palabras de despedida

como Consejero de Educación de la

Embajada de España

 

Nota del editor:

Tuve el enorme privilegio de ser convidada a la despedida Kike, escuchar sus palabras me confirmó que es uno de los españoles más asombrosos que conozco, y en toda mi mexicanidad me sentí parte de su patria, que también es la mía, como México es la de él. Aquí un extracto de sus palabras.

El pasado es un sitio extraño que se vive de un modo y se recuerda de otro. En el lugar donde se encuentra uno de los edificios más hermosos de esta Ciudad, el Hospital de Jesús, se produjo, según las crónicas del tiempo, el primer encuentro entre Hernán Cortés y Moctezuma. Aquel momento supuso no sólo el encuentro de dos mundos, sino el germen seminal de un México vibrante y mestizo.

El humanismo de Torres Bodet ofrecía en la “Geografía mexicana” y en el “Doloroso nacimiento de esta nación”, el espacio de superposición de la riqueza de México en tres momentos: el vigor de las civilizaciones interrumpidas por la caída de Tenochtitlan; el ímpetu vital de los conquistadores y el afán de progreso en la libertad, a partir de Hidalgo.

El tiempo juega a veces una especie de sortilegio que se presenta como un vínculo casual en forma de presente y enlaza los nombres como un designio inesperado: En la inauguración de unas doctas jornadas académicas, precisamente en el auditorio Torres Bodet del Museo Nacional de Antropología, me tocó acompañar en la mesa al gran arqueólogo mexicano Eduardo Matos Moctezuma. Cuando me iba acercando a la mesa pude ir divisando los dos carteles que anunciaban nuestra presencia; Dr. Matos Moctezuma, Señor Cortés. Acabado el encuentro, en el segundo acto del saludo mexicano, amable y entre risas me susurró al oído algo que me inquietó: nos reencontramos. No sé si porque ese fue uno de esos días, en mis inicios en México, en los que me aventuraba y lanzaba a las calles a probar todo tipo de tacos y salsas, con el único criterio de la imprudencia, o por algún tipo de revancha sostenida en el tiempo, pero puedo asegurar que aquella jornada acabó siendo para mí la noche más triste y dolorosa, estomacalmente hablando, que he pasado en mi vida.

El trasunto de esa forma de demoledora, devolución del tiempo, también lo he sentido cada vez que he podido comprobar el momento en el que los mexicanos, en torno a una mesa, mienten mucho y sin clemencia; cuando responden a la pregunta sobre la intensidad del picante de una salsa con un “tantito” o “para nada”. No ha sido una, sino muchas las veces que he sentido ascender el calor sofocante hasta mi coronilla, notar las lágrimas rodar por mis mejillas y sentir la lengua explotar en una suerte de elipsis temporal en que el emperador afina su venganza en la persona de un humilde servidor, que solo comparte con el conquistador su apellido.

Pertrechado con la armadura mental de mi presunto ascendiente, y reconciliado con el penacho azteca del emperador, he proseguido mi transitar por México ávido de curiosidad y abierto a dejarme llevar por este país desmesurado y fascinante.

Cosas que he aprendido en México:

En una época en la que las relaciones se gobiernan por algoritmos, los vecinos apenas se conocen y la cordialidad está en peligro de extinción, he podido comprobar cómo en México la amabilidad, la cortesía y la buena educación se muestran en una jerarquía de las formas, que es la esencia misma del respeto.

En la región más transparente, donde los niños pueden ser héroes, los curas rebeldes y donde los santos llevan máscaras plateadas, he aprendido que, con los muertos, con nuestros muertos, no solo es posible tener una relación afligida y doliente, sino que el recuerdo puede ser fresco y jovial y la añoranza de nuestros antepasados puede estar llena de color, arte y alegría.

También he aprendido que, en este país lleno de fastuosos museos, bellezas arquitectónicas y hermosas bibliotecas, los palacios de las artes se muestran pequeños ante esa sinfonía interminable de colores, sabores y olores que inundan las calles, zócalos, plazas y mercados de México.

En México he podido sentir ¡y de qué manera! que el mundo se movía bajo mis pies, y que cuando la naturaleza se revuelve con toda su ira, sobre la superficie se ofrece un delirio de solidaridad que impugna todas las clases sociales y obliga a reconciliarse con el ser humano.

En México he disfrutado de una gastronomía que no solo ofrece un festival de sabores, sino que es ella misma toda una celebración de la vida en compañía.

A veces pienso en lo injustas y frías que son las estadísticas. Cada año la Organización Mundial de la Salud sitúa a México entre los países con más problemas de obesidad. Pero aclaremos: tlayudas oaxaqueñas, huevos rancheros, sopa de lima yucateca, huevos divorciados, pozole, huevos estrellados, tacos al pastor… con todo, huevos con machaca, huevos tirados, torta ahogada, huevos motuleños, cochinita pibil, huevos a la mexicana, chilaquiles, huevos ahogados, gorditas de nata, huevos benedictinos, tasajo, huevos a la veracruzana… En fin, me rebelo, que me perdonen los estadísticos de la OMS: ser flaco en Tailandia debe ser una cuestión de promedio, en México se trata de una gesta homérica.

Pero la magia mexicana también opera en el terreno de la psicología y la autoayuda. Una vez que las plagas milenarias y las epidemias apocalípticas han dejado su paso en el tiempo, nuevas patologías de la modernidad, como la ansiedad y el estrés, en México he aprendido a desoír los cantos de sirena con los que la “industria de la felicidad” inunda las librerías, cuando uno puede tener a la mano esos dos destilados del agave (tequila o mezcal) que son la mejor anestesia para el alma herida, el mejor remedio para una desilusión y la mejor terapia para un desamor.

También he aprendido el sentido productivo y creativo de la espera.

A veces digo en tono de broma, a algún amigo mexicano, que he estado más tiempo esperándole que con él. Y sin embargo creo que las mejores (y las peores) ideas se me han ocurrido en ese espacio de tiempo regalado e inesperado. Gracias por hacerme esperar y por esperarme.

En México he aprendido a entender que la única forma de abrazar el porvenir está en el mestizaje de la gente, de las tendencias y de los usos. En una época en la que algunos depositarios de las esencias rescatan y proclaman, peligrosa y ardorosamente una vuelta a la pureza, vivir en México te enseña el valor de la diversidad. Aquí, la policromía de cada día se llena de ceremonias que mezclan el rigor cristiano con el erotismo de la tradición pagana, que las señas de identidad que más atesoran son las que se superponen y se entremezclan, que los dioses del pasado y del presente pueden convivir con el valor secular del progreso, que las lenguas y las tradiciones se enriquecen con nuevas realidades y que las sociedades poderosas son las que están abiertas a desafiar las convenciones.

México es uno y muchos, y todos a la vez.

La Ciudad de México:

Mi chilanguería

Pero si hay algo que realmente me ha resultado sorprendente ha sido descubrir, viviendo en esta ciudad, una condición que estaba oculta en mi: la de héroe.

Para ello me he dejado guiar por dos escritores chilangos, uno de nacimiento y otro de adopción:  Jorge Ibargüengoitia y Juan Villoro. Afirma Ibargüengoitia que para ser chilango no es necesario haber nacido aquí, sino solo saber hacer colas enormes y vivir apretados. Villoro, por su parte, sostiene que el chilango es el que sobrevive cada día a la desmesura de esta ciudad y a su endiablada viabilidad.

Ahora entiendo por qué los chilangos, cuyo gentilicio tenía un origen peyorativo, muestran con orgullo su condición como una condecoración de gala de un veterano de guerra.

Yo hoy luzco, con orgullo, mi chilanguería, al haber acreditado mis logros de las tres maneras:

Como conductor, después de mis primeros escarceos, sufriendo ataques de pánico, cuando descubrí que la clave estaba en sentir el mismo apego a las reglas de tráfico que el que siente un piloto de fórmula uno ante el límite de velocidad.

Como ciclista he superado mis pruebas, esquivando el arrollador paso de los peseros, habiendo recibido gloriosas peinetas de conductores ofuscados y siendo amonestado verbal y casi físicamente por los sufridos peatones.

Como peatón, he adquirido mis credenciales de chilango, después de una impagable enseñanza de María Luisa Capella en forma de anécdota: Un peatón incapaz de cruzar el Paseo de la Reforma, aterrorizado por el paso endiablado de los coches, pregunta a gritos a otro peatón al otro lado de la gran vía capitalina, oiga, compadre, ¿cómo consiguió llegar hasta ahí? Y el otro le responde: No, es que yo ya nací aquí. En suma, ser peatón en esta ciudad es asumir tu martirio, afinando cada día la virtud de la resignación.

Aun así, y con todo, sigo sin entender cómo los ciudadanos de esta ciudad –mis ya conciudadanos– siguen despotricando sobre ella cada vez que tienen ocasión, cuando yo la encuentro llena de fantasía y de magia.

Cómo no va a haber fantasía en una ciudad en la que puedes iniciar el día con un jugo de pepino y betabel o de mandarina de temporada recién exprimida, mientras una voz grabada te abre el apetito ofreciendo unos tamales oaxaqueños calientitos; o donde puedes acudir a un mercado como el de San Juan y ser espectador del despelleje inmisericorde de cabritos y conejos, mientras una voz cantarina te ofrece desde un puesto las mejores verduras para tener las nalgas duras; cómo no puede ser amable una ciudad donde uno puede entablar más conversaciones y generar más amigos, haciendo una interminable cola que inscribiéndose en un club social; cómo no va a ser interesante un lugar donde el éxito de una convocatoria no se mide por los que están dentro, sino por los que se han quedado fuera; cómo no voy a apreciar una ciudad que el domingo abre el Paseo de la Reforma en modo de compensación y ansiolítico anticipado para el estrés del lunes; cómo no va a ser mágica una ciudad en donde, en una época que designa a todo como desechable, aún se arreglan planchas, molinillos, batidoras, exprimidores o relojes de cuco, y se recicla tanto, que como dice el escritor Mejía Madrid… “Si trazas el mapa genético de un bote de refresco, puedes encontrarte que en su origen fue …un taxi”.

En fin, creo que todo es cuestión de óptica y actitud

Pero incluso, cuando no me han sido suficientes las instrucciones de Ibargüengoitia, ni los consejos de Villoro, y la magia y la fantasía desaparecían de mi ángulo de visión; en los días grisáceos en los que se descompone el cielo y se desploma en forma de lluvia, cuando he sentido mi autoestima caer a plomo y he visto mis emociones drenando el subsuelo, cuando me he sentido en el bucle del “Laberinto de la soledad”, me ha bastado dejarme acompañar por Vicente Fernández para saber que, aún sin trono ni gloria, señores, yo sigo siendo el Rey.

Despedida

En fin, acabo, amigos, creo que no hay ninguna experiencia personal o profesional que merezca la pena que no se lleve un jirón emocional y te deje una enseñanza vital fundamental. Y la mía la tengo clara: No se puede ser buen español viviendo en esta tierra, sin dejar de mostrar gratitud y sin aprender a entender y a querer a México.

¡Viva España y Viva México!

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