Imagen Dime cómo escribes y te diré quién eres

Dime cómo escribes y te diré quién eres

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(Dme cmo scribs y t dre qn ers)

En tiempos de crisis lo mejor es tratar de ahorrar. Pero hay que saber qué ahorrar. Lo que me pregunto ahora es: ¿Cuál crisis nos trajo la idea de ahorrar palabras? Que yo sepa ninguna. Aun así, todos los jóvenes nos ahorramos tantas palabras como podemos. Y es algo que se nota en todos lados.

Pero vamos a ver. Yo tengo más o menos un cuarto de siglo en la tierra y, cuando cursaba la primaria, lo que hoy se conoce como teléfono celular era una cosa para gente de negocios y dinero que ahora solo se encuentra en museos. Sí, se les conoce como tabiques a aquellos celulares gigantes. Y el internet era ese invento novedoso que apenas llegaba a México.

En esos ayeres, si querías contactar a alguien del otro lado del mundo debías ir por un papel y una pluma y con tu puño y letra expresarte, para que luego de un viaje de días o hasta meses en avión, tren, barco o auto (o todos los anteriores y además en algunos casos una mula y/o un hombre a pie) llegara a los ojos del destinatario. Esto sin mencionar lo padre que era comprar un sobre y babearlo para cerrarlo y luego ir a correos y pegarle una estampilla y echar el sobre por la rendijita del buzón. Tan romántico todo. Claro eso si conocías a alguien del otro lado del mundo.

En esos tiempos había que escribir con palabras completas. Había el espacio y no corrían prisas. Por lo general hacer una carta era una cuestión importante. Escribir, usar el lenguaje lo era. Pero ahora la economía, la tecnología y el ritmo de vida nos han traído una costumbre distinta.

Ahora si quieres comunicarte con una persona del otro lado del mundo basta con un correo electrónico (email para los bilingües). Y esa persona no necesariamente tiene que ser conocido, podría ser un extraño que llegaste a tratar en una sala de chat. Y eso del chat ya ni es nuevo, lo de hoy son las redes sociales, la ya conocida web 2.0, donde ese extraño que se convirtió en amigo ni siquiera necesita checar el email en su computadora. Lo puede ver en su teléfono móvil.

Y ya no necesitas escribir te quiero mucho. Con poner I ♥ YOU es más que suficiente. Incluso ya no hay un “que”, hay q. No es necesario poner debes, con que pongas dbs. Y así hay innumerables formas de desaparecer una palabra o una expresión.

Podemos ver cómo usar signos de puntuación puede sustituir toda una serie de palabras para dar a entender una emoción completa. Antes escribíamos palabras enteras y ahora usamos los sonidos de las letras, tanto en inglés como en español, para dar a entender una palabra.
Lo más feo de todo es que eso no se queda ahí. A pesar de vivir en una ciudad, todavía podemos escuchar la palabra “buey” ahí pululando por los aires. La diferencia es que ahora un buey no es precisamente un toro castrado, sino un ser humano. Por lo general, el mejor amigo de alguien.

Ya no importa el género, puede ser hasta mujer, hombre o lo que pretenda ser. Incluso le puedes llamar así a alguien que no conozcas. Y si lo quieres escribir, la tendencia indica que hay que ponerlo con W, wey.

Y esa palabra la podemos utilizar en muchas situaciones distintas y para denominar a tantos tipos de gente diferente a la vez. Y no es única.
Podemos mencionar la famosa palabra madre, que usualmente se refería a la mujer progenitora, la que nos dio la vida; ahora podemos, con esa misma palabra acompañada de diversas otras, declarar un estado de ánimo, un insulto, una cantidad.

Ya no hablemos de otro tipo de frases tan mexicanas, tan comunes y corrientes y tan libres de andar en nuestros vientos sin la menor consideración de su existencia. Si lo piensan, si ponen atención, en la calle podemos escuchar la misma conversación mil veces, todas casi con las mismas palabras. Pero todas contando una anécdota diferente.

Y la crisis de esto es precisamente el uso común de las palabras genéricas. Tal vez, de alguna manera la libertad que nos ofrece la tecnología para comunicarnos con inmediatez ha constituido el punto principal de la crisis del lenguaje.

La libertad que nos hemos permitido para expresarnos como sea. Total, nos entienden, ¿no?