Imagen Cuarenta años del VIH y del SIDA

Cuarenta años del VIH y del SIDA

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En 1981 aparecieron los primeros casos de SIDA en cinco jóvenes homosexuales estadounidenses. El mes de junio marcó el cuadragésimo aniversario del primer informe científico que describió la neumonía por pneumocystis, después conocida como síndrome de inmunodeficiencia adquirida (SIDA). Más de 32 millones de personas han muerto en todo el mundo debido al SIDA y otros 38 millones conviven con el virus de inmunodeficiencia humana (VIH) que causa la enfermedad.

El VIH es una infección de transmisión sexual que se contagia a través del contacto con sangre, semen o líquidos vaginales infectados. El virus también puede transmitirse por compartir jeringas, así como de madre a hijo.

A partir de estos primeros informes, la comunidad científica descubrió en pocos años que el SIDA se debía al VIH. Después de algunos años más descubrieron cómo hacer pruebas para el virus y posteriormente, la comunidad científica pudo cuantificar cuánto virus había en la sangre de una persona. Durante todo ese tiempo, aquellas investigaciones realmente innovadoras sobre la reproducción del virus y la respuesta del sistema inmunitario permitieron a las compañías biofarmacéuticas desarrollar lo que se conoce como medicamentos antirretrovirales que desaceleran la reproducción viral.

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En 1987 se autorizó el primer fármaco para el VIH, el AZT (ahora conocido como zidovudina).

A principios de los años 90, se autorizaron muchos otros fármacos del mismo tipo y para principios de 1996, se autorizó el primer inhibidor de la proteasa del VIH. En ese momento, fue posible combinar tres medicamentos diferentes y de dos tipos distintos para suprimir completamente la reproducción del VIH.

En los últimos 20 años, se ha pasado de la administración de varios medicamentos con muchos efectos secundarios a que los portadores de VIH tomen una sola pastilla. Es una formulación combinada de medicamentos en una sola pastilla diaria que se tolera bastante bien y suprime por completo al virus, pero no lo elimina, por lo que, si el portador deja de tomarla, el virus vuelve a la carga.

Actualmente, se puede contar con los dedos de una mano a las personas que en el mundo han pasado a lo que se conoce como curación funcional del VIH; es decir, que atravesaron por algunos protocolos investigativos que eliminaron el reservorio de VIH en sus cuerpos.

La razón para la dificultad de curar el VIH es que una vez que el virus infecta el cuerpo de alguien, se integra al genoma del huésped en varios tipos de células. Luego, esas células se esconden en cualquier tejido linfoide, como los ganglios linfáticos, el hígado y el bazo. Permanecen allí, en lo que se conoce como estado latente o escondido, siempre y cuando la persona reciba la terapia contra el VIH. Cada vez que el virus sale de una célula, la terapia contra el VIH se encarga de él; pero si la persona infectada suspende la terapia contra el VIH, el virus latente vuelve a atacar.

Para curar el VIH es necesario eliminar esos virus escondidos en las células o reservorio viral.

El último obstáculo que debemos superar es el desarrollo de una vacuna eficaz. Aún no hay una vacuna capaz de prevenir la infección, o sea, una vacuna preventiva, ni una vacuna terapéutica que permita controlar la infección en quienes ya tienen el virus. Se ha investigado enormemente, pero aún hay camino por delante.

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