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Influenza Española, lecciones para hoy

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El mundo hiperconectado y la difusión inmediata de cualquier tipo de información, sea verídica o no, desinforma y hace que nos perdamos en un mar de datos que no tienen ni ton ni son. En estos momentos de crisis sanitaria esto es particularmente cierto, ya que a todos nos afecta de alguna u otra manera, y la incertidumbre nos tiene al pendiente de cualquier novedad.

Considero que por esto es pertinente hablar de la anterior gran pandemia, que fue devastadora en todos sentidos y que diezmó a la población mundial, pero también dejó al ser humano muchas lecciones para aprender.

La llamada Influenza Española mató, entre 1918 y 1920, a entre 40 y 50 millones de personas en todo el mundo. Más de un siglo después se desconoce aún en dónde y cuándo realmente se originó, pero existen varias teorías.

Algunos investigadores afirman que empezó en Francia en 1916, o en China en 1917 o incluso que comenzó cinco años antes, pero que la Primera Guerra Mundial provocó la enorme propagación. Sin embargo, la teoría más aceptada sitúa los primeros casos en la base militar de Fort Riley, Kansas, Estados Unidos, donde fue notificada por primera vez el 4 de marzo de 1918.

Casos anteriores se habían presentado en una primera oleada que no fue tan letal, el año anterior en al menos catorce campamentos militares, por lo que se especula que, en un momento dado, a finales de 1917 o principios de 1918, el virus sufrió una mutación, que lo hizo mucho más letal y contagioso.

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La evidencia apunta a que los soldados estadunidenses, enviados al frente de batalla en Europa llevaron la enfermedad, que se diseminó de manera exponencial, primero entre los soldados, y después a ciudades y pueblos europeos y más tarde a países en vías de desarrollo, que sufrieron los peores embates de la epidemia.

La razón por la que comúnmente se le conoce como Influenza Española es que, al no luchar en la guerra, en este país se dio una enorme cobertura periodística a la nueva enfermedad que mataba a hombres jóvenes y saludables; esto no era difundido en los países que estaban involucrados en el conflicto bélico, con el pretexto de no desmoralizar a las tropas.

Una particularidad notoria de la Influenza Española es su letalidad en jóvenes de entre 20 y 40 años, particularmente hombres. La condición de una guerra tan cruel, como fue la Primera Guerra Mundial, que transcurrió en trincheras donde los soldados estaban hacinados, con medidas de higiene precarias y nulo distanciamiento social, fue determinante.

La falta de recursos, la guerra y la secrecía limitaron la investigación. Hoy sabemos que la Influenza Española fue provocada por un brote de influenza virus A, del subtipo H1N1. Se cree que los adultos jóvenes nacidos entre 1880 y 1900 fueron expuestos, durante la infancia, a un virus H3N8 que circulaba entre la población, que tenía proteínas de superficie distintas a las principales proteínas antigénicas del virus H1N1, lo que los hacía muy vulnerables a esta familia de virus. Otra teoría sugiere que, en muchos casos, los enfermos tenían una respuesta inmunológica exagerada y violenta, llamada tormenta de citocinas, y si ésta se da en los pulmones, los fluidos y las células inmunitarias pueden acumularse y obstruir las vías respiratorias, lo que causa la muerte.

Una historia que nos enseña mucho es cuando, en septiembre de 1918, en los Estados Unidos se organizaron desfiles en diferentes ciudades para promover los bonos de guerra. La ciudad Filadelfia celebró el desfile sin restricciones, mientras que la ciudad de San Luis decidió cancelarlo. Al cabo de un mes, más de 10,000 personas habían muerto de influenza en Filadelfia, y en San Luis menos de 700, lo que reitera la importancia del distanciamiento social como estrategia eficaz ante una epidemia.

Finalmente, en el verano de 1920, la llamada Influenza Española desapareció, dejando importantes lecciones que no podemos soslayar.